Gramática del simulacro

"Toda la vida en las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representacion." Guy Debord, La sociedad del espectáculo

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Nocilla Dream. Cartografía del no-lugar

Marc Augé acuñó el concepto de no-lugar para referirse a los lugares de transitoriedad que no tienen suficiente importancia para ser considerados como “lugares”. […] Un no-lugar es una autopista, una habitación de hotel, un aeropuerto o un supermercado… Carece de la configuración de los espacios, es en cambio circunstancial, casi exclusivamente definido por el pasar de individuos. No personaliza ni aporta a la identidad porque no es fácil interiorizar sus aspectos o componentes. Y en ellos la relación o comunicación es más artificial.

Marc Augé [en línea]. Wikipedia, La enciclopedia libre, 2013 [fecha de consulta: 27 de noviembre del 2013]. Disponible en <http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Marc_Aug%C3%A9&oldid=67369270>.

El concepto de no-lugar, explicado sucintamente en este artículo de Wikipedia, dota a la perfección de un sentido global y definitorio de la geografía del “Universo Nocilla”. Dicha geografía está formada por (no)lugares cuya única característica ontológica es la pura transitoriedad y cambio constante, atravesados por un fluir de personajes viajeros que van y vienen sin una dirección clara, siempre de paso y nunca totalmente establecidos. Hay que observar que todos los no-lugares de Nocilla dream son metáforas de la transitoriedad constante a la que aludíamos, zonas de no-permanencia: la carretera US50 que Mallo describe como un segmento vacío entre dos burdeles, aparthotels, el desierto de Arizona, una gasolinera, y cómo no, el ideal del no-lugar: las redes informáticas o digitales. El autor juega constantemente metaforizando en sus micro-historias esta condición pasajera, como en la que refiere al cuento de Italo Calvino en que una ciudad está formada únicamente por canalizaciones de agua, y a partir de ella Mallo diserta sobre su parecido con el cuerpo humano como “un canal sin fin circular y en constante retorno”.

Es evidente y repetitivo el uso en el libro de metáforas del rizoma deleuzeano al que alude Juan Bonilla en su prólogo. La teoría del rizoma es central para comprender la estructura del libro. Sin que sirva de precedente, y teniendo en cuenta la naturaleza del curso que da sentido a este blog, cito por segunda vez en esta reseña un artículo de Wikipedia sobre el rizoma:

En la teoría filosófica de Gilles Deleuze y Félix Guattari, un rizoma es un modelo descriptivo o epistemológico en el que la organización de los elementos no sigue líneas de subordinación jerárquica sino que cualquier elemento puede afectar o incidir en cualquier otro […] la estructura del conocimiento no se deriva por medios lógicos de un conjunto de primeros principios, sino que se elabora simultáneamente desde todos los puntos bajo la influencia recíproca de las distintas observaciones y conceptualizaciones.

Rizoma (filosofía) [en línea]. Wikipedia, La enciclopedia libre, 2013 [fecha de consulta: 27 de noviembre del 2013]. Disponible en <http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Rizoma_(filosof%C3%ADa)&oldid=65403581>.

Este es el sentido del desorden e interacción en los fragmentos que componen el libro, aunque no queda claro si logra una verdadera apertura de sentido para el lector, o si por el contrario, a este le parece un corrido de extravagancias psicodiarreicas que buscan epatar, y no significar. Las relaciones entre las historias parten de construcciones muy simples, que se podían haber enmarañado más, siempre consistentes en dos personajes que coinciden con un tercero en torno a una serie de motivos recurrentes en los que no importa su significado, sino su relación: el árbol de los zapatos, surf, fotografías encontradas, mundo digital…

Aunque el autor diga inspirarse en “la física de los sistemas fuera del equilibrio”, y “la poesía japonesa clásica”, al final la inspiración más notoria, si nos fijamos en los hechos (su escritura) y no en sus palabras, que recordemos, a menudo contribuyen a construir la imagen que desea el autor, es la del realismo sucio norteamericano. Los paisajes y ambientes son desesperanzadores, baldíos desiertos o sórdidos aparhotels y burdeles de carretera, en los que se mueven, errabundos, unos personajes perdedores y abúlicos, de extracción social baja. Todos ellos están marcados por el desarraigo, la precariedad, la divagación, la alienación, la rutina y la deambulación sin un proyecto claro de vida.

Sin querer entrar en un estudio de género, apuntaré tan solo la diferencia entre los roles de los personajes masculinos y femeninos, en los que los primeros son normalmente excéntricos, artistas indigentes y soñadores: un boxeador que pretende hacer la ruta de Colón a la inversa, un argentino agorafóbico que basa su vida en la obra de Borges, un músico vanguardista de origen polaco…; en cambio, las mujeres siempre se relacionan de alguna manera con clichés de temática afectivo-sexual: las prostitutas de los burdeles, la ex pareja del boxeador, la mujer del escalador que lo engaña, se hace una digresión sobre los pechos de una surfera, la puertorriqueña a la que amputan dos dedos por congelación, a causa de no protegerse los pies del frío “para ir radiante” a la entrevista de trabajo, etc.

Nocilla dream es un intento muy pedestre por llevar los conceptos de rizoma y de no-lugar a la literatura, con un resultado ciertamente antiestético, incluso engorroso. Pareciera que Mallo ha escrito un libro para si mismo, dotando a su pura introspección de un sostén narrativo en la referencialidad de un mundo exterior, un mundo enajenado que se ha bautizado con la expresión —muy periodística— de “universo nocilla”. Otros procedimientos utilizados, llamados “posmodernos” —aunque me atrevería a decir que son ya clásicos— son los hipertextuales, fragmentarios, intertextuales, estructuras arborescentes, literatura zapping, macroestructura abierta, etc. El principal interés estético del libro es el intento de puro desbordamiento y diferenciación, aunque no invente nada nuevo, ni la intertextualidad, ni la fragmentación, ni la literatura pop, ni las ramificaciones, ni la obra abierta, ni el pastiche, ni en general, una nueva estética, por mucho que alguien que no está especializado en el análisis literario se empeñe en anunciar con solemnidad su Poesía Postpoética. Hacia un nuevo paradigma, como novedosa e inevitable.

El autor nocillero, como buen posmoderno, tiene prisa por incrustarle el prefijo post a todo, aunque sea con calzador. Edgar Franz Milton, a quien ya cité en la anterior entrada de este blog, dice al ser interrogado sobre la posmodernidad:

El problema es el apropiacionismo. ¿Aparece un aeropuerto? Eso ya es posmoderno. ¿Capítulos breves? El fragmentarismo. El rizoma. Esa mierda. Los jóvenes no están obligados a inventar nada. Todo lo contrario. Pero si dicen que inventan, que no nos engañen.

NEUMAN, Andrés. Edgar Franz Milton habla de la posmodernidad [en línea]. Disponible en: http://www.andresneuman.com/hemeroteca/revistaenie_detalle.php?recordID=15

De hecho, la idea sobre la que pivota la ideología literaria de Mallo, aquella que habla de incluir distintas disciplinas como la ciencia en la experiencia poética, están ya teorizada, sin que nunca llegara a constituirse en “paradigma”, porque en última instancia es el gran público (ese que está al margen de las proféticas revelaciones de Mallo) quien decide. La doctora en Filosofía Esther Díaz. de la Universidad de Buenos Aires, afirma:

Por las territorialidades de un libro circulan intensidades literarias, filosóficas, científicas. Cada disciplina delimita territorios. No obstante, existen pasajes de un territorio a otro que, a veces […] producen desterritorializaciones: una poesía surgiendo en un libro teórico, una metáfora con valor estético irrumpiendo en un tratado científico, una fórmula matemática que sorprende en una novela.

DÍAZ, Esther. “Para leer Rizoma” [en línea]. Disponible en: http://www.estherdiaz.com.ar/textos/rizoma.htm

A mi modo de ver, la nota más positiva de Nocilla dream está estrechamente ligada a la inspiración del realismo sucio de la que se ha hablado más arriba, y tiene que ver con la peculiar forma de abordar las consecuencias de la globalización, de problemáticas sociales del mundo contemporáneo, que se nos muestra a través de distintas subjetividades y espacios: la precariedad vital y laboral en el ámbito de trabajo (la fábrica de envasado de salmones); los conflictos centro-periferia económico (la muerte del inmigrante ilegal mexicano); la pobreza (artistas indigentes), etc. Por tanto, al final ha sido el punto de fuga de crítica social —aunque no fuese pretendida— lo que me ha agradado de esta obra, convenientemente favorecida por la forma fragmentaria que permite esa panorámica general de topografías y situaciones.

Existe todo un debate abierto, inaugurado por las tesis postestructuralistas de la “muerte del autor”, acerca de la condición de la escritura en el mundo moderno y su posibilidad de emancipación del concepto de autoría —al menos en su sentido tradicional— en la que la posición del escritor quedaría, en palabras de Oleza, bajo la escritura. Sin embargo no tiene tanta repercusión una tesis que señala en una dirección diametralmente opuesta, que basa la repercusión de una obra en la importancia de la imagen del autor, y no del contenido de su obra; tesis, en mi opinión, a tener en cuenta si se considera que entronca de lleno con los fundamentos de la sociedad de la imagen en la que vivimos. En este artículo (que define a la perfección Nocilla Dream) se dice sobre cierta crítica que

ha expulsado al hombre común de la cultura de nuestro tiempo. Si gran parte de las creaciones para masas del siglo XX trataban de personas normales en circunstancias inusuales, ahora es justo a la inversa, mostrándonos a personas extrañas en circunstancias comunes. Para estas élites culturales, los autores que importan son aquellos en los que vida y obra van muy unidos. La novela (o en el ensayo) en sí es lo de menos, lo importante es la personalidad de su creador. Quieren contar historias de personajes interesantes, no hablar de obras formalmente logradas.

Por esto, llegados a este punto, y una vez terminado el análisis formal de la novela, no podía terminar el análisis de la obra sin esbozar un breve análisis lacaniano de su autor, ya que en su novela nos está invitando a hablar de él, y no de una obra que es incapaz de ser independiente y de respirar fuera del amparo de la imagen del escritor. Para ello, voy a apoyarme en las opiniones de los lectores que he extraído de sus blogs personales.

Uno se encuentra con que afirma en una entrevista, con una insufrible petulancia y paternalismo (que por otra parte, él no puede permitirse) que “lo siento por los realistas, pero han perdido”. Acabáramos. Puede que lo menos grave de esta boutade sea el entender la literatura en términos de ganar y perder, en que la suya, quizá en su mundo color nocilla, es la que sale vencedora. Quizá lo que realmente molesta a Mallo de la corriente realista es que puede ser entendida por Agamenón y su porquero, como suele decirse. En su clasismo intelectual (entiéndase intelectual en su sentido más austero), Mallo tiene prisa por enterrar la literatura accesible al común de los mortales, tal vez por aversión a la competencia.

De hecho, aunque fuese inspirado por fuentes secundarias, es palmaria en Nocilla Dream la inspiración del realismo sucio norteamericano. Seguramente le horrorizaría que alguien encontrase en su novela parecidos con una corriente realista, algo inadmisible para el profeta de la nueva poesía y el guía del buen gusto, y muy contraproducente para su deseo de ser rupturista a toda costa, único motivo por el que es capaz de ser conocido. Que todo el mundo hable de su obra no por su calidad, sino por la polémica que genera (convenientemente avivada por las declaraciones del autor) es ya bastante premio para Mallo y buena señal de su destreza literaria. Se dice en el blog Un libro al día sobre su Poesía Postpoética, subtitulado en un enésimo acto de inmodestia Hacia un nuevo paradigma:

Creo que como ensayo de crítica literaria, este libro deja bastante que desear: es un trabajo con cierto aire amateur y con un tufillo de auto-entronización que por momentos resulta bastante molesto. En cambio, el libro vale más como fenómeno literario-cultura, como símbolo de nuestros tiempos o como happening crítico.

Pero su presunción solo es superada por su ignorancia. En un birrioso artículo de El Cultural nos ilumina sobre lo que es una novela:

En efecto, una de las características de la mayoría de los bestsellers es que pueden ser leídos en voz alta sin detrimento de su contenido ni detrimento de la comprensión por parte del oyente. Por eso no pertenecen al género de la novela. Una novela es un tipo de escritura sujeta a unos mecanismos de complejidad y construcción tales que impiden la oralidad, o si no la impide desde luego la hacen penosa y difícil. De modo que lo que ocurre es que se confunde el relato oral puesto por escrito con la novela. 

Sobre esta pedante desfachatez, reproduzco la cristalina opinión de una bloguera que expresa con llano y comprensible estilo el corolario de esta afirmación nocillera:

Yo no digo que Agustín Fernández Mallo sea gilipollas, pero lo anterior es una de las más grandes gilipolleces con las que me he encontrado en  mi ya larga vida de lectora.

El argumento del autor de Nocilla Experience es simple: un texto narrativo que permita su transmisión –y comprensión- oral no es novela. Según Agustín, la auténtica novela debe ser complicada y difícil de leer. Todo lo demás no tiene la suficiente calidad como para llamarse novela.

En definitiva, todo aquel que no tenga hígado para sufrir sus libros, no es un verdadero lector de novelas. Lo curioso es que hable con tanto aplomo y contundencia sobre estos temas alguien que, como él mismo afirma, no lee nada que no se ajuste a su estética, “para que no anule su capacidad creativa”.

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Los frentes abiertos del crítico literario

La figura del crítico literario, al menos en España, es acusada a menudo de elitismo intelectual, de escribir críticas muy ajenas para el lector medio, incluso, a veces con razón, tildadas de petulantes. Críticas de “expertos” para otros “expertos”; ¿no acusaríamos la torpeza de un panadero que solo hace pan para otros panaderos?. Aunque lo cierto es que, conforme al avance de internet y al surgimiento de la web 2.0, que ha difuminado la frontera autor-lector, se ha desarrollado paralelamente una suerte de diletantismo crítico, otro desvanecimiento de la relación entre crítico y lector, y a su vez, del crítico como “guía literario” del lector.

Un crítico literario, a pesar de que podamos pensar que es un ser protegido por un medio de comunicación, tiene que mediar con los intereses de estos y también con sus propios lectores. Para ejemplificar algunas de las problemáticas que suelen darse en el mundillo, como se suele decir, recurriremos a algunas figuras literarias y polémicas tratadas en clase, aunque fuera de manera muy fugaz.

El crítico literario, aunque se le suele presuponer cierto poder —y así es— por poder permitirse lanzar invectivas desde su tribuna periodística que pueden torpedear, o en el peor de los casos, tumbar la carrera de un escritor, realmente su “poder” o libertad para criticar tiene ciertos límites. Límites que nada tienen que ver con cuestiones morales o éticas, sino económicas y comerciales. El llamado caso Echevarría es un buen ejemplo de ello. Ignacio Echevarría, ex columnista del suplemento cultural Babelia, decide criticar duramente, como acostumbra a hacer cuando su opinión es negativa, la novela El hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga, promocionada a bombo y platillo por Alfaguara, editorial perteneciente al mismo grupo económico (Grupo PRISA) que el periódico en el que escribe Echevarría, El PaísComo puede verse, los intereses económicos del emporio de empresas dueño de la editorial y periódico que protagonizan esta desavenencia chocan diametralmente con su crítica negativa. A Ignacio Echevarría se le comunica desde su periódico que su reseña ha sido “retenida” (secuestrada) con el pretexto de que

“Se ha dicho, y supongo que te habrá llegado, que tu crítica era como un arma de destrucción masiva y que el periódico hace mucho tiempo que ha renunciado a utilizar este tipo de armas contra nadie.”

Curiosamente, y como el mismo Echevarría apunta, en multitud de ocasiones ha utilizado un tono igual de severo con otras novelas, pero tal vez el problema radique en que no pertenecían, hasta ahora, a la editorial con la que está “emparentada” el periódico para el que trabaja.

Echevarría, en su carta abierta dirigida al director adjunto de El País, se queja de que

“La publicación de la reseña provocó en la dirección del periódico una fuerte conmoción, que se tradujo de inmediato en un pautado despliegue de artículos, entrevistas y crónicas que, en conjunto, apuntaban tanto a paliar y neutralizar los posibles efectos de la reseña como a compensar a Bernardo Atxaga por los perjuicios de todo tipo que ésta pudiera acarrearle.”

Por lo cual se pregunta:

“¿Tiene sentido ejercer la crítica en un medio dispuesto a desactivar los efectos de la misma y a desautorizar a su propio crítico? ¿Tiene sentido tratar de hacer una crítica más o menos exigente e independiente en un medio que parece privilegiar y defender a ultranza, sin el mínimo decoro, los intereses de una editorial que pertenece a su mismo grupo empresarial?”

Carta de la Defensora del lector ante las protestas.

Carta de la Defensora del lector ante las protestas.

Pero el crítico literario no sólo emite críticas, también las recibe, es casi como un apéndice lateral de su oficio. Antonio Muñoz Molina, por ejemplo, se indignó con Echevarría, al que dedicó, con justiciera y afilada pluma, un artículo en el mismo periódico en el que publicaba el mencionado crítico (que así duele más). En dicho artículo, titulado «En folio y medio», publicado en El País el 9 de octubre de 1996, utiliza unos apelativos no menos duros que de los que se sirve el mismo Echevarría para acometer a sus víctimas. En su escrito, Muñoz Molina sale al rescate de otro de nuestros autores decanos, Rafael Chirbes, al que defiende y elogia de manera sincera y entusiasta, ante una crítica de Echevarría, todo sea dicho, bastante esnob, anti todo lo que huela mínimamente a realismo, que desde el altar posmoderno parece despreciar. Dice sobre él Muñoz Molina:

pertenece a esa escuela del desdén para la cual la literatura española es Juan Benet y el campo magnético de Juan Benet, y la universal Thomas Bernhardt y tal vez Céline”.

Y sigue

“incluso le reprocha aquello que para los adeptos al señoritismo intelectual resulta imperdonable: Rafael Chirbes es un vetusto, ha escrito no una novela sobre la posguerra, sino (obsérvese la sutileza) una novela de posguerra, padece “un primitivo envaramiento”

Artículo de Antonio Muñoz Molina.

Artículo de Antonio Muñoz Molina.

También otros escritores, como Antonio Gala, han protagonizado estos enfrentamientos con críticos. ¿Es la contestación de los literatos a los críticos tan solo una pataleta airada, reacción propia de unos seres presentados como “endiosados”, incapaces de asumir una crítica negativa, o por el contrario, es un justo medio para buscar un equilibrio con el que defiendan su trabajo ante el “poder” de un crítico? El personaje ficticio Edgar Franz Milton, creado por el escritor Andrés Neuman, deja escrito un testamento con una serie de “cosas que prometo no hacer nunca en mi próxima vida de escritor”, y con distanciamiento irónico refiere algunas que, tal vez, deberían formar parte de un código ético del escritor ante la crítica: “Referirme a las críticas negativas con abominables eufemismos como reseña rara; sostener que los críticos que no me elogian en realidad no han leído mis libros o lo han hecho demasiado rápido; hojear los suplementos literarios con la esperanza de encontrar consoladoras reprobaciones de libros ajenos, para disimular que llevo semanas, meses, años sin escribir algo decente.”

Al elogio de Muñoz Molina para Chirbes, algunos —seguramente los críticos literarios— lo llamarán cuestión de corporativismo, pero como también dice Edgar Franz Milton, es común en el mundo literario “llamar aduladores a los admiradores ajenos, y compañeros de estética a mis aduladores.”

Reseña crítica: Elogio del texto digital

Para reseñar Elogio del texto digital, he estimado oportuno esbozar una breve introducción, recuperando un artículo de nuestro escritor predilecto, Arturo Pérez-Reverte, que trata sobre el libro electrónico y el libro en papel. En el artículo, titulado «Leer con luz de luna» y publicado en el semanario XLSemanal, el 15 de noviembre de 2010, en un momento dado afirma:

“Ninguna pantalla táctil huele como un Tofiño, un Laborde o un Quijote de la Academia”.

No se sabe muy bien de dónde sale este fetiche imaginario de aquellos que dicen que les gusta oler el papel de los libros, ya que hace mucho que los productos químicos que utiliza la industria papelera terminaron con este olor. De hecho, si el lector tiene en su casa, en un estante bien visible, como cualquier persona decente y honrada, el Quijote de la Academia al que se refiere Pérez-Reverte, podrá comprobar que de sus páginas no emana ningún aroma místico. Y zanja la cuestión con su inconfundible estilo:

“Quien crea que esa trinchera extraordinaria, su confortable compañía, la felicidad inmensa de acariciar lomos de piel o cartoné y hojear páginas de papel, pueden sustituirse por un chisme de plástico con un millón de libros electrónicos dentro, no tiene ni puta idea. Ni de qué es un lector, ni de qué es un libro”.

Casi podemos imaginarnos a los antiguos ante los nuevos soportes de la escritura, tan exquisitos como los modernos: “Uf, eso de la escritura en papiro es muy frío y distante, no hay nada como leer en una roca bien dura escrita con un buen cincel de toda la vida, con su tacto pedregoso y su olor a moho fresco”. Lo dicho, una pose muy moderna. Para románticos de postín. Y es que hay quien se considera romántico por gustarle leer en papel, así de degradada ha quedado esa palabra, la pobre.

Pero antes unas líneas más arriba, nuestro insigne literato se jacta, orgulloso: “Tengo casi treinta mil libros en casa” (cantidad que nadie llegaría a leer ni en dos vidas). Esta afirmación nos lleva directos a un fragmento de Los remedios contra próspera y adversa fortuna, de Petrarca, al que se alude en Elogio del texto digital. Un diálogo entre Gozo, Razón y Esperanza, en el que en un momento dado se habla del remedio “Del que tiene muchos libros”. Arrogante, Gozo repite constantemente lo mismo: «Tengo muy gran copia de libros», «Tengo innumerables libros», «He allegado gran número de nobles libros». A lo que Razón contesta:

“[…] En otras has de tener confianza para que de los libros se te siga gloria: no en tenellos, más en entendellos; y no los has de guardar en la librería, mas en la memoria; no en el armario, mas en el entendimiento; que, de otra manera, el que más gloria tuviese sería el librero que los vende o el arca do se guardan”.

Esta afirmación tan esclarecedora y evidente, dejando de lado lo agudo y divertido del comentario de Petrarca poniendo, como se suele decir coloquialmente, los puntos sobre las íes, ejemplifica a la perfección una de las cuestiones centrales de Elogio del texto digital, el ensayo del romanista José Manuel Lucia que aquí vamos a reseñar y que se presenta como un “quitamiedos” (en palabras de su prologuista, Javier Celaya) ante la preocupación o rechazo que suscita en la actualidad el texto digitalizado. Esta cuestión central no es otra que limar la importancia de una concepción del conocimiento que sacraliza la acumulación a ultranza de saber e información escrita, frente a un encarecimiento de los modos de relación y conexión de los textos (que reivindicó Vannevar Bush) como verdadero camino al conocimiento. No es casualidad que esta necesidad que plasma Vannevar Bush en su influyente artículo “How we may think” (1945) sea teorizada más de 20 años después por postestructuralistas como Barthes y Kristeva, que publican sendos artículos en 1967, y que tienen mucho que ver con esta idea del conocimiento interrelacionado que preconizava Bush. En el caso de Kristeva, afirmará que “todo texto es la absorción o transformación de otro texto”, dando a luz la idea de intertextualidad, el texto como un todo orgánico, que explica la intuición natural de Vannevar Bush, 20 años antes, al concebir el conocimiento como una relación de conocimientos. Los revolucionarios nunca esperan a los teóricos para hacer sus revoluciones, quizá por eso lo son.

Elogio del texto digital intenta subvertir una cierta hostilidad, o cuando menos, indiferencia de la academia y de las editoriales más consolidadas al avance en la creación y difusión de nuevos modos textuales electrónicos, e invitar al lector a aparcar sus tradicionales recelos y prejuicios, que los paralizan frente a una nueva ventana abierta al progreso. Para ordenar su argumento, Lucia recurre a una revisión histórica de los procesos de cambio en los soportes de escritura y sus posibilidades, bosquejando una breve historia de los modos textuales, hasta llegar a una descripción de los lenguajes electrónicos que utilizamos a día de hoy. Así, se sirve de estos contrapuntos entre otras situaciones de transformación textual en los tiempos pasados para ejemplificar que el formato digital es sólo el siguiente paso natural en la historia del texto.

El autor adopta intencionadamente un tono divulgativo, por esto se permite exclamaciones y preguntas retóricas como método didáctico, con una clara y sencilla estructura pregunta-respuesta que, si bien no da solución a las cuestiones planteadas previamente, sabe hacer un calco de la situación exacta en la que estamos y de las problemáticas que se están dirimiendo. Otros elementos característicos y didácticos de este carácter divulgador son las diferenciaciones entre texto digital y digitalizado, entre lector y libro electrónico, y diferentes tipos de textualidad y oralidad a lo largo de la Historia.

Pero esta voluntad de llegar al gran público soslaya otros temas que toca de pasada, mucho más interesantes e instructivos para entender cómo podría desarrollarse el texto digital, como el señalar el evidenciar cómo la Historia y los modos textuales van de la mano. Es especialmente interesante el capítulo que dedica a la relación entre oralidad y escritura, y mostrar cómo hubo un tiempo en que los soportes se diseñaban pensando en una concepción de estas dos técnicas como paralelas. Los rollos de pergamino otorgaban una lectura lineal y progresiva —como lo oral—, hasta que los textos se comenzaron a separar en distintos rollos porque era imposible retener en la memoria la información de un sólo rollo, si es que este era muy demasiado extenso. Por tanto, la oralidad —mediante la memoria para materializar lo escrito en el habla oral— y escritura estaban muy unidos: si un rollo era tan largo como para no poder recordarse, había que separarlo.

En cuanto a la cara negativa del ensayo, es evidente que su lectura de los avances y del texto digital obvia expresamente todos los problemas y contingencias que conllevaría un nuevo modelo editorial centrado en el mundo digital, como ya se observa en los problemas que están teniendo otras industrias, como la discográfica, que ya dieron el salto. Pero todo esto queda oculto en un relato encomiástico y entusiasta. Con todo, su relato es honrado desde el titulo del ensayo, que no pretende fingir una falsa neutralidad. También por esto es divulgativo, sería muy sesgado un ensayo académico en el que no apuntara las posibles consecuencias negativas, el “lado oscuro” del texto digital.

A ratos parece, más que un elogio al texto digital, un elogio a los empresarios (ahora rebautizados como emprendedores) digitales. Es especialmente irritante la repetición incesante de un lema que recupera del “gurú” del mundo digital: “adelantarse al futuro inventandolo”, lema que se repite hasta la saciedad (del no menos citado Vannevar Bush). Estos recursos tan televisivos hacen caer la narración en una suerte de conjunto de códigos mas propios de un spot comercial que de una obra seria. Antes que un académico riguroso, se diría que parece un responsable de comunicación y prensa de una de las empresas a las que entroniza en el texto.

También se le puede achacar su exhaustiva y a veces aborrecible descripción técnica de la historia de la informática y sus lenguajes, demasiado meticulosa para el objetivo del ensayo, y para su público.

Lo que innegable es que los modos textuales han ido cada vez democratizando más la lectura, cada vez llegando a más público. Y quizá Elogio del texto digital es una guía para despistados, una aproximación muy útil a las dinámicas cambiantes —y a veces contradictorias— del momento histórico al que asistimos.

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